—Habló; y cual sonido de aguas hondas, ronco murmullo respondió a sus voces con aplauso en la hueste infinita; ni menos por eso el ardiente Serafín, sin miedo, aunque solo, rodeado de enemigos, así respondió audaz:
“—¡Oh, enajenado de Dios, oh, Espíritu maldito, abandonado de todo bien! Veo tu caída decretada, y a tu infeliz hueste envuelta en este pérfido fraude, propagándose el contagio tanto de tu crimen como de tu castigo. En adelante no te afanes más en cómo sacudirte el yugo del Mesías de Dios; aquellas indulgentes leyes no te serán ya concedidas; otros decretos contra ti han salido sin revocación posible; aquel cetro de oro que tú rechazaste es ahora una vara de hierro para magullar y quebrantar tu desobediencia. Bien aconsejaste; mas ni por tu consejo ni por tus amenazas huyo de estas tiendas malvadas y condenadas, no sea que la cólera inminente, rugiendo en repentina llama, no haga distinciones: pues bien pronto espera sentir su trueno sobre tu cabeza, fuego devorador. Entonces, lamentándolo, aprenderás quién te creó, cuando sepas quién puede aniquilarte”.
Así habló el serafín Abdiel, fiel hallado; Entre los infieles, fiel tan solo él; Entre innumerables falsos, inmutable, Inconmovible, no seducido, no aterrado, Su lealtad guardó, su amor, su celo; Ni el número ni el ejemplo obraron en él Para apartarse de la verdad, o cambiar su mente constante, Aunque solo. De entre ellos salió adelante, Un largo trecho bajo el desdén hostil, que soportó Superior, ni temió en nada la violencia; Y con desdén devuelto dio la espalda A aquellas torres orgullosas, a rápida destrucción condenadas.