“Del fruto de cada árbol del jardín podemos comer; pero del fruto de este hermoso árbol en medio del jardín, Dios ha dicho: ‘No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis’.”
Apenas lo hubo dicho, aunque breve, cuando ya más audaz el Tentador, mas con apariencia de celo y amor hacia el Hombre, y de indignación por su agravio, un nuevo papel adopta y, como movido por la pasión, vacila turbado, mas con gracia, y en actitud erguida, cual si un gran asunto fuera a comenzar.
Como cuando en otro tiempo algún orador renombrado en Atenas o en la Roma libre, donde la elocuencia floreció, hoy muda, ante alguna gran causa se dirigía, se hallaba en sí concentrado, mientras cada parte, ademán, cada acto, ganaba audiencia antes de la lengua, a veces en la cumbre comenzaba, como si ninguna demora de prefacio tolerara por su celo de justicia: así en pie, moviéndose, o a la cumbre alzado, el Tentador, todo apasionado, de este modo comenzó:
“Oh sagaz, santa