Aquí vagan los peregrinos, que tanto se alejaron para buscar en el Gólgota a aquel muerto que vive en el Cielo; y los que, para asegurarse el Paraíso, al morir se visten con los hábitos de Santo Domingo, o piensan pasar disfrazados con los de San Francisco. Atraviesan los siete planetas, y cruzan el firmamento, y esa esfera cristalina cuyo fiel pesa la comentada trepidación, y la primum mobile; y ahora San Pedro a la puertecilla del Cielo parece aguardarlos con sus llaves, y ahora al pie de la ascensión celestial levantan los pies, cuando, ¡he aquí! un viento transversal y violento de ambas costas los desvía oblicuamente, diez mil leguas lejos, hacia el aire sin rumbo. Entonces podrías ver capuchas, caperuzas y hábitos, junto con quienes los visten, sacudidos y deshilachados en jirones; luego reliquias, cuentas, indulgencias, dispensas, perdones, bulas, juguete de los vientos: todo esto, torbellino arriba, vuela por la parte trasera del Mundo muy lejos hacia un limbo amplio y ancho, llamado desde entonces el Paraíso de los Necios; desconocido para pocos mucho después, ahora deshabitado e inexplorado.
Todo este globo oscuro halló el Demonio