abismo más hondo, un abismo aún más hondo, que amenaza con devorarme, se abre de par en par, frente al cual el Infierno que padezco parece un Cielo.
¡Oh, cede, pues, por fin! ¿No queda acaso lugar para el arrepentimiento, ni queda lugar para el perdón? ¡Ninguno queda, salvo por la sumisión; y esa palabra el desdén me la prohíbe, y mi temor a la vergüenza ante los Espíritus de abajo, a quienes seduje con otras promesas y otras vanaglorias que la de someterme, jactándome de poder subyugar al Omnipotente! ¡Ay de mí! Poco saben cuán caro pago tan vano orgullo, bajo qué tormentos gimo en mi interior. Mientras ellos me adoran en el trono del Infierno, con la diadema y el cetro en alto alzados, más hondo caigo, solo supremo en la miseria: ¡tal gozo halla la ambición!
Mas dijerate que pudiera arrepentirme, y pudiera obtener por acto de gracia mi anterior estado; ¡cuán pronto la altura evocaría los altos pensamientos, cuán pronto desdeciría lo que la fingida sumisión juró! La comodidad revocaría los votos hechos en el dolor, por violentos y nulos— pues jamás puede nacer una verdadera reconciliación allí donde las heridas del odio mortal han penetrado tan hondo— lo que solo me conduciría a una recaída peor y a una caída más pesada: así compraría caramente una breve tregua, pagada con doble dolor. Esto lo sabe mi Castigador; por tanto, tan lejos está él de conceder la paz, como yo de suplicarla.
Así excluida toda esperanza, he aquí que en vez de nosotros, proscritos, exiliados, su nueva delicia, ¡la Humanidad creada, y para ella este Mundo! ¡Así pues, adiós esperanza, y con la esperanza adiós temor, adiós remordimiento! Todo bien para mí se ha perdido; mal, sé tú mi bien: gracias a ti al menos mantengo un imperio dividido con el Rey del Cielo, por ti, y tal vez reinaré en más de la mitad; como el Hombre bien pronto y este nuevo Mundo lo sabrán».