Así glosó el Tentador, y afinó su prólogo; en el corazón de Eva hicieron camino sus palabras, aunque muy marivillada de la voz; a la postre, no sin asombro, ella habló así en respuesta:
—¿Qué puede significar esto? ¡Lenguaje de hombre pronunciado por lengua de bruto, y sentido humano expresado! Lo primero al menos creí que estaba negado a las bestias, a quienes Dios en el día de su creación creó mudas a todo sonido articulado; lo segundo lo dudo, pues en su mirada mucha razón, y en sus actos, a menudo aparece. A ti, Serpiente, la más sutil bestia de todo el campo, te conocía, pero no dotada de voz humana; redobla entonces este milagro, y di: ¿cómo pasaste de muda a elocuente, y cómo te has vuelto tan amistosa conmigo por encima del resto de la especie brutal que a diario tengo a la vista? Habla, pues tal maravilla reclama la debida atención.
A quien el astuto Tentador replicó así:
“¡Emperatriz de este bello mundo, refulgente Eva! Fácil me es decirte todo lo que mandas, y es justo que seas obedecida. Yo era al principio como las otras bestias que pace la hierba pisoteada, de pensamientos abyectos y bajos, como lo era mi comida, ni discernía otra cosa que alimento o sexo, y nada elevado comprendía: Hasta que un día, rondando por el campo, me topé con un hermoso árbol distante a la vista, cargado de frutos de colores bellísimos mezclados, rojizos y dorados. Me acerqué para contemplarlo; cuando de las ramas exhaló un olor sabroso, grato al apetito, que complació mi sentido más que el olor del hinojo más dulce, o los pezones de oveja o cabra goteando leche al anochecer, sin mamar de cordero o cabrito, ocupados en su juego. Para satisfacer el vivo deseo que tenía de probar esas hermosas manzanas, resolví no