soplara avivándolos con furia séxtuple y nos sumergiera en las llamas? ¿O si desde lo alto la venganza intermitente armara de nuevo su diestra roja para castigarnos? ¿Qué si todos sus depósitos se abrieran, y este firmamento del Infierno arrojara sus cataratas de fuego, horrores inminentes que amenazan con una caída espantosa algún día sobre nuestras cabezas; mientras nosotros tal vez, planeando o arengando una guerra gloriosa, atrapados en una tempestad de fuego, seamos arrojados, cada cual traspasado en su roca, juguete y presa de desgarradores torbellinos, o sumergidos para siempre bajo aquel océano hirviente, envueltos en cadenas; allí para conversar con eternos gemidos, sin tregua, sin piedad, sin perdón, ¡edades de desesperanzado fin! Esto sería peor.
La guerra pues, abierta o encubierta, por igual mi voz disuade; pues ¿qué pueden la fuerza o el dolo contra Él, o quién engaña a su mente, cuyo ojo ve todas las cosas de una sola mirada? Él desde la altura del Cielo todas estas vanas acciones nuestras ve y se burla, no más todopoderoso para resistir nuestro poder que sabio para frustrar todas nuestras tramas y artimañas.