muy tardía, o un clima frío, o los años, humedezcan mi ala propuesta y la abatan; y mucho pueden, si todo es mío, no de ella que me lo trae cada noche al oído.
El sol se había hundido, y tras él la estrella de Hesperus, cuyo oficio es traer el crepúsculo a la Tierra, breve árbitro entre el día y la noche, y ya de extremo a extremo el hemisferio de la noche había velado en redondo el horizonte; cuando Satanás, que poco antes huyó ante las amenazas de Gabriel fuera del Edén, ahora crecido en meditado fraude y malicia, empeñado en la destrucción del Hombre, a pesar de lo que pudiera recaer de más pesado sobre sí mismo, sin miedo regresó.
Por la noche huyó, y a medianoche volvió de circundar la Tierra; cauto del día, pues Uriel, regente del sol, avistó su entrada, y alertó a los querubines que hacían guardia. Entonces, lleno de angustia, impelido el espacio de siete noches seguidas cabalgó con las tinieblas; tres veces la línea equinoccial rodeó, cuatro veces cruzó el carro de la Noche de polo a polo, recorriendo cada coluro; al octavo regresó, y en la costa opuesta a la entrada o la guardia querubínica, a hurtadillas, halló camino insospechado.
Había un lugar (Ya no, aunque el pecado, no el tiempo, obró primero el cambio) Donde el Tigris, al pie del Paraíso, Se precipitó en un abismo subterráneo, hasta que parte Broto como fuente junto al Árbol de la Vida. Con el río se hundió, y con él brotó, Satanás, envuelto en neblina ascendente; luego buscó Dónde ocultarse.
Mar y tierra había buscado desde el Edén sobre el Ponto y el lago Meótice, más allá del río Obi; hacia el sur hasta la Antártida; y a lo largo, desde el Orontes al oeste hasta el océano vedado en Darién, y de allí a la tierra por donde fluyen el Ganges y el Indo. Así recorrió el orbe con escrutinio estrecho y, mirando de cerca, consideró a toda criatura, cuál de todas podría servir mejor a sus ardides, y halló que la serpiente era la más astuta bestia del campo.