¡Del bien, qué justo! Del mal —si es que el mal Es real, ¿por qué ignorarlo, siendo más fácil de huir? Dios por tanto no puede dañaros, y ser justo; No justo, no Dios; ni temido entonces, ni obedecido: Vuestro temor mismo a la muerte elimina el temor.
¿Por qué pues fue esto prohibido? ¿Por qué sino para atemorizar, por qué sino para manteneros bajos e ignorantes, a sus fieles? Él sabe que el día en que de él comáis, vuestros ojos, que parecen tan claros y sin embargo están ciegos, se abrirán entonces por completo y se aclararán, y seréis como dioses, conociendo el bien y el mal, como ellos los conocen.
Que seáis como Dioses, ya que yo, en cuanto hombre, hombre interior, soy tan solo proporción justa: yo, de bruto, humano; vosotros, de humano, Dioses. Así tal vez moriréis, despojándoos de lo humano para revestiros de lo divino; ¡muerte deseable, aunque amenazada, que nada peor que esto puede traernos!
¿Y qué son los Dioses, para que el Hombre no pueda llegar A ser como ellos, participando de alimento divino? Los Dioses son los primeros, y usan esa ventaja Sobre nuestra creencia de que todo de ellos procede: Yo lo dudo; pues esta hermosa Tierra que veo, Calentada por el sol, produciendo cada especie, A ellos nada: si ellos todas las cosas, ¿quién encerró El conocimiento del bien y del mal en este árbol, Que quienquiera que de él coma al instante alcanza Sabiduría sin su permiso? ¿Y en qué radica La ofensa, de que el Hombre llegue así a saber?
¿Qué puede su saber hacerle daño, o este árbol revelar contra su voluntad, si todo es suyo? ¿O es envidia? ¿Y puede la envidia habitar en pechos celestiales? Éstas, éstas y muchas más razones exigen vuestra necesidad de este fruto hermoso. ¡Diosa humana, alarga la mano, pues, y pruébalo libremente!