Bajo un copudo umbráculo que enhiesto sobre un prado susurraba suave, junto a una fresca fuente, se sentaron; y tras no mayor fatiga de su dulce labor de jardineros que la precisa para ensalzar al fresco Céfiro y hacer el reposo más reposado, la sana sed y el apetito más gratos, dieron cuenta de sus frutas de cena, frutas nectarinas, que las ramas sumisas les brindaban, mientras estaban recostados en el blando y velloso ribete damascado de flores. Mastican la sabrosa pulpa, y en la corteza, según tenían sed, cogen el arroyuelo colmado; ni amoroso propósito, ni tiernas sonrisas faltaron, ni juvenil coqueteo, como corresponde a justa pareja unida en feliz vínculo nupcial, solos como estaban.
En torno a ellos retozaban Todas las bestias de la tierra, aún salvajes, y de toda caza En soto o selva, bosque o guarida. Juguetón el león se erguía, y en su zarpa mecía al cabrito; osos, tigres, linces, panteras, ante ellos retozaban; el torpe elefante, para hacerles gracia, usaba de todas sus fuerzas y curvaba su ágil trompa; cerca la astuta serpiente, insinuante, tejía con nudo gordiano su trenzada cola, y de su letal engaño daba prueba desatendida. Otras sobre la hierba se echaban, y ya saciadas del pasto miraban sentadas, o rumiaban camino de su lecho; pues el sol, declinado, corría ya con pendiente carrera hacia las Islas del Océano, y en la ascendente escala del Cielo surgían las estrellas que anuncian la tarde: Cuando Satanás, aún absorto como al principio estaba, al fin apenas la voz recuperó con triste acento:
«¡Oh Infierno! ¿Qué contemplan con dolor mis ojos? Así encumbrados en nuestra estancia de dicha, Criaturas de otro molde, nacidas de la Tierra tal vez, No Espíritus, mas a los Espíritus Celestiales brillantes Poco inferiores; a quienes mis pensamientos persiguen Con asombro, y podría amar, tan vivamente brilla En ellos la semejanza divina, y tal gracia Derramó la mano que los formó sobre su figura».