quien, pronto con toque de reproche conmovida, así Eva:
“¡Qué palabras han cruzado tus labios, Adán severo! ¿Atribuyes eso a mi falta, o al capricho de vagar, como lo llamas, el cual quién sabe si habría podido suceder igualmente, estando tú presente, o quizás a ti mismo? De haber estado tú allí, o de haberse hecho aquí el intento, no habrías podido discernir el engaño en la Serpiente, tal como hablaba; sin conocer motivo de enemistad entre nosotros, por qué habría de desearme el mal o buscar hacerme daño. ¿Acaso jamás debía apartarme de tu lado? Habría sido igual seguir creciendo allí, como una costilla inanimada. Siendo como soy, ¿por qué tú, la cabeza, no me ordenaste categóricamente que no fuera, al adentrarte en tal peligro, como decías? Demasiado complaciente entonces, no te opusiste gran cosa, es más, me permitiste, aprobaste y despediste con buen talante. De haberte mostrado firme y decidido en tu negativa, ni yo habría transgredido, ni tú conmigo”.