Cual cuando el tártaro de su ruso enemigo, por Astracán, sobre las nieves huye, o el sofí de Bactriana, de las puntas del otomano creciente, deja todo arrasado más allá del reino de Aladú, en su retirada hacia Taurís o Casbén: así estos, la hueste hacía poco desterrada del cielo, dejaron desierto el confín del Infierno muchas leguas oscuras, reducidos en prudente guardia en torno a su metrópoli, y esperando ahora cada hora a su gran aventurero del viaje por mundos extranjeros.
Él por en medio, inadvertido, en traza de ángel plebeyo de la ínfima orden, pasó; y, de la puerta de aquel plutonio salón, invisible ascendió a su alto trono, el cual, bajo un dosel de la más rica tela desplegado, en el fondo estaba colocado con real esplendor. Un rato se sentó, y a su alrededor miró sin ser visto. Por fin, como de una nube, su cabeza fulgente y su talle de brillo estelar aparecieron, o más brillantes, vestidos con la gloria permisiva que tras su caída le fue dejada, o falso brillo. Todos atónitos ante un fulgor tan repentino, la estigia turba volvió el rostro, y vio a quien deseaba, a su gran Jefe de regreso: sonoro fue el aplacamiento. Apresurados se lanzaron los grandes pares consejeros, alzados de su oscuro diván, y con igual gozo se le acercaron congratulándose, él que con la mano el silencio, y con estas palabras la atención, ganó:
“¡Tronos, Dominaciones, Principados, Virtudes, Potestades! Pues con tales títulos, no solo por derecho, os llamo y os declaro ahora, de regreso, triunfantes más allá de toda esperanza, para conduciros fuera de este foso infernal, abominable, maldito, la casa del dolor y la mazmorra de nuestro tirano. Poseed ahora, como señores, un mundo espacioso, poco inferior a nuestro Cielo natal, conquistado mediante mi difícil aventura y con gran peligro.