Id, pues, la mitad de este día, como amigo con amigo, conversad con Adán, en la enramada o sombra en que lo halléis, retirado del calor del mediodía para aligerar su labor diurna con el refrigerio o con el reposo; y suscitad tal conversación que le advierta de su feliz estado: ¡la felicidad en su poder, dejada libre a su albedrío, dejada a su propia libre voluntad, su voluntad, aunque libre, sin embargo mutable!; de lo cual prevenidle que no se desvíe, demasiado confiado. Decidle también de su peligro, y de quién; qué enemigo, caído él mismo hace poco del Cielo, trama ahora la caída de otros de semejante estado de bienaventuranza; ¿por la violencia? no, pues a eso se opondrá resistencia; sino por el engaño y las mentiras. Hacedle saber esto, no sea que, transgrediendo a sabiendas, alegue haber sido sorprendido, sin admonición, sin previo aviso».
Así habló el Padre Eterno, y cumplió toda justicia; ni demoró el Santo alado tras su encargo recibido; sino que, de entre mil Ardores celestiales, donde se hallaba velado con sus gloriosas alas, irguiéndose ligero, voló por en medio del Cielo; los coros angélicos, apartándose a uno y otro lado, dieron paso a su velocidad por toda la vía empírea, hasta que, a la puerta del Cielo llegado, la puerta por sí misma se abrió de par en par, girando sobre goznes de oro, tal como por obra divina el soberano Arquitecto la había ceñido.
Desde allí —sin que nube o estrella, por pequeña que fuere, interpusiera un obstáculo a su vista— ve, no desemejante a otros globos brillantes, la Tierra y el Jardín de Dios, coronado de cedros por encima de todos los montes; como cuando por la noche el catalejo de Galileo, menos seguro, observa tierras y regiones imaginadas en la luna; o como el piloto que, de entre las Cícladas, distingue a Delos o a Samos que aparecen por primera vez, cual mancha nubosa. Hacia allá, en raudo vuelo, se precipita, y a través del vasto cielo etéreo navega entre mundos y mundos, con firme ala ya sobre los vientos polares; luego, con rápido batir, abanica el frágil aire, hasta que, al alcance del vuelo de las águilas altaneras, a todas las aves les parece un fénix, contemplado por todas como aquella única ave cuando,