A quien así, medio avergonzado, Adán respondió:
“Ni su exterior formado con tal gracia, ni cuanto En la procreación es común a las especies (Aunque más alto del lecho nupcial de lejos, Y con misteriosa reverencia, lo estimo), Tanto me deleita como esos actos gráciles, Esos mil decoros, que a diario brotan De todas sus palabras y acciones, mezclados con amor Y dulce complacencia, que declaran sincera Unión de mente, o en ambos de nosotros una sola alma; Armonía de contemplar en pareja desposada Más grata que el sonido armonioso al oído. Con todo, esto no sujeta; yo a ti te revelo Lo que en mi interior por ello siento, no por ende vencido, Quien halla objetos varios, que desde los sentidos Se representan diversos, mas, aún libre, Apruebo lo mejor, y sigo lo que apruebo. Amar no me censuras; pues el amor, dices, Conduce al Cielo, es a la vez el camino y el guía; Soportame entonces, si es lícito lo que pregunto. ¿No aman los Espíritus Celestes, y cómo su amor Expresan? ¿solo con miradas, o mezclan Irradiación, contacto virtual o inmediato?”
Al cual el Ángel, con sonrisa ungida de celestial color de rosa roja, propio tinte de amor, así respondió:
“Baste que sepas que dichosos somos, y que sin amor no hay dicha. Cuanto puro en el cuerpo disfrutas —y puro fuiste creado—, nosotros lo disfrutamos en grado sumo, y no hallamos obstáculo de membrana, coyuntura o miembro, barreras exclusivas; más fácil que el aire con el aire, si los Espíritus se abrazan, se mezclan por entero,