Con paso oblicuo, al principio, como quien busca acceso mas teme interrumpir, de lado abre su camino. Como cuando una nave, manejada por diestro timonel cerca de la desembocadura de un río o un cabo, donde el viento virá a menudo, así vira el timonel y cambia su vela: así variaba él, y de su tortuoso séquito rizaba muchos gráciles círculos a la vista de Eva, para atraer su mirada; ella, ocupada, oyó el ruido de hojas crujientes, pero no le hizo caso, acostumbrada antes a tales juegos por el campo, de toda bestia, más obediente a su llamada que a la llamada de Circe la manada disfrazada.
Él, más audaz ahora, ante ella se detuvo sin ser llamado, mas como en arrobado miramiento. A menudo inclinaba su cresta en torre y su liso cuello esmaltado, halagador, y lamía el suelo que ella hollaba. Su manso y mudo gesto atrajo al fin los ojos de Eva para reparar en sus juegos; él, gozoso de haber ganado su atención, con lengua serpentina orgánica, o impulso de aire vocal, comenzó así su fraudulenta tentación:
“No te maravilles, soberana señora, si tal vez puedes tú, que eres la única maravilla; mucho menos armes tus ojos, el cielo de la mansedumbre, con desdén, disgustada de que me acerque a ti así, y te mire insaciable, yo así solo, ni haya temido tu augusto ceño, más augusto así retirado.
Hermosa imagen de tu Creador hermoso, a ti te contempla todo lo viviente, todo tuyo por don, y tu belleza celestial adora, contemplada con arrobamiento; allí mejor contemplada donde es universalmente admirada; mas aquí en este recinto silvestre, entre estas bestias, espectadores rudos y torpes para discernir la mitad de lo que en ti hay de hermoso, un hombre excepto, ¿quién te ve? (¿y qué es uno?) tú que debieras ser vista como una Diosa entre Dioses, adorada y servida por Ángeles sin número, tu séquito cotidiano.