se los quitaría de la cabeza si tuviera la oportunidad, y lo que propongo es darle esa oportunidad. Permitamos a los hombres una tarde en tierra. * Si van todos, vaya, pues defenderemos el barco. * Si no va ninguno, bueno, entonces, nos atrincheramos en la cámara, y que Dios defienda el derecho. * Si van algunos, anote mis palabras, señor, Silver los traerá de vuelta a bordo
Así quedó decidido; se repartieron pistolas cargadas a todos los hombres de confianza. Hunter, Joyce y Redruth fueron puestos alcorriente de nuestros planes, y recibieron la noticia con menos sorpresa y mejor ánimo de lo que habíamos esperado; luego el capitán subió a cubierta y se dirigió a la tripulación.
—Muchachos —dijo—, hemos tenido un día pesado y todos estamos cansados y de mal humor. Un paseo por tierra a nadie le hará mal; los botes todavía están en el agua; pueden tomar las lanchas, y los que gusten pueden ir a tierra por la tarde. Dispararé un cañonazo media hora antes de la puesta del sol.
Creo que los tontos debían de pensar que iban a tropezar con un tesoro en cuanto pusieran pie en tierra; pues a todos se les pasó el mal humor en un segundo, y lanzaron un viva que hizo resonar el eco en una colina lejana, y volvió a poner a los aves a volar y graznar alrededor del fondeadero.
El capitán era demasiado avispado para estorbar. Desapareció de la vista en un instante, dejando a Silver al mando de los preparativos, y me imagino que fue lo mejor que pudo hacer. De haber estado en cubierta, ya ni siquiera habría podido fingir que no comprendía la situación. Estaba más clara que el día. Silver era el capitán, y tenía una tripulación