La marea baja corre
El coracle—como tuve sobrados motivos para saber antes de acabar con él— era una embarcación muy segura para una persona de mi altura y peso, a la vez flotante y ágil en un mar picado; pero resultaba la nave más contraria y desequilibrada de manejar. Hicieras lo que hicieses, siempre derivaba más que ninguna otra, y dar vueltas y vueltas era la maniobra que mejor se le daba. Hasta el propio Ben Gunn ha admitido que era «difícil de gobernar hasta que le tomabas el truco».
Ciertamente yo no conocía su forma de navegar. Se inclinaba en todas direcciones menos en la que yo tenía que ir; la mayor parte del tiempo íbamos de través, y estoy muy seguro de que jamás habría alcanzado el bergantín de no ser por la marea.
Por fortuna, por mucho que remara a mi antojo, la marea seguía arrastrándome corriente abajo; y allí estaba la Hispaniola, justo en el canal principal, casi imposible de no ver.
Primero se recortó ante mí como una mancha de algo todavía más negro que la oscuridad, luego sus perchas y su casco empezaron a tomar forma, y al momento siguiente, según me pareció (pues cuanto más avanzaba, más rápida se hacía la corriente de la bajamar), me encontraba junto a su estacha y me había aferrado a ella.
El cable estaba tan tenso como la cuerda de un arco y la corriente era tan fuerte que la goleta tiraba del ancla. Alrededor del casco, en la negrura, la corriente ondulante burbujeaba y parloteaba como un arroyuelo de