La cabaña de troncos estaba llena de humo, a lo que debíamos nuestra relativa seguridad. Gritos y confusión, los destellos y detonaciones de los pistoletazos, y un fuerte gemido resonaban en mis oídos.
“¡Fuera, muchachos, salid a luchar con ellos en campo abierto! ¡Sables!”, gritó el capitán.
Arrebaté un alfanje del montón, y alguien, al mismo tiempo que arrebataba otro, me dio un tajo en los nudillos que apenas sentí.
Salí disparado por la puerta hacia la clara luz del sol. Alguien iba muy cerca detrás, no sabía quién. Justo enfrente, el doctor perseguía a su agresor colina abajo y, justo cuando mis ojos se posaron en él, le abatió la guardia y lo mandó de espaldas al suelo, con un gran tajo en la cara.
—¡Rodead la casa, muchachos! ¡Rodead la casa! —gritó el capitán, y aun en medio del tumulto noté un cambio en su voz.
Mecánicamente obedecí, me volví hacia el este y, con el sable levantado, corrí rodeando la esquina de la casa. Al momento siguiente me encontré cara a cara con Anderson.
Pegó un alarido y su alfanje se elevó por encima de su cabeza, brillando bajo la luz del sol. No tuve tiempo de sentir miedo, pero, mientras el golpe aún pendía amenazante, salté en un abrir y cerrar de ojos a un lado y, perdiendo el equilibrio en la arena blanda, rodé de cabeza por la pendiente.
Cuando yo había salido disparado por la puerta, los demás amotinados ya estaban trepando en desbandada por la empalizada para acabar con nosotros. Un hombre, con un gorro rojo de dormir y el sable en la boca, incluso había llegado a la parte alta y había pasado una pierna al otro lado. Pues bien, tan corto había sido el intervalo, que cuando volví a ponerme en pie todo seguía en la misma postura, el tipo del gorro rojo todavía a