Aun en aquel momento tan emocionante me transportó de nuevo a la vieja posada del Almirante Benbow en un segundo, y me pareció oír la voz del capitán tarareando el estribillo.
Pero pronto el ancla quedó a la gira; pronto pendía chorreando de la proa; pronto las velas comenzaron a hincharse, y la tierra y los barcos a deslizarse a uno y otro lado, y antes de que pudiera acostarme para dormir una hora, la Hispaniola había emprendido su viaje a la Isla del Tesoro.
No voy a relatar el viaje en detalle. Fue bastante próspero. El barco resultó ser una buena nave, la tripulación eran marineros competentes y el capitán entendía a la perfección su oficio. Pero antes de que llegáramos a la altura de la Isla del Tesoro, habían ocurrido dos o tres cosas que es necesario conocer.
El señor Arrow, para empezar, resultó ser aún peor de lo que el capitán había temido. No tenía ningún ascendiente sobre los hombres, y la gente hacía con él lo que le daba la gana.
Pero eso no era ni mucho menos lo peor; pues al cabo de uno o dos días en el mar comenzó a aparecer en cubierta con la mirada nublada, las mejillas rojas, la lengua tartamudeante y otras señales de embriaguez.
Una y otra vez se le ordenó bajar a su camarote en desgracia. A veces caía y se hacía heridas; a veces se pasaba el día entero en su pequeña litera a un lado de la escala; a veces, durante un día o dos, estaba casi sobrio y atendía a su trabajo al menos pasablemente.
Entretanto, jamás pudimos averiguar de dónde sacaba la bebida. Ese era el misterio del barco. Por más que lo vigiláramos, no podíamos hacer nada para resolverlo, y cuando se lo preguntábamos a la cara, solo se reía, si estaba borracho, y si estaba sobrio, negaba solemnemente haber probado jamás otra cosa que agua.