Podíamos ver al hombre que llevaba la bandera de tregua intentando retener a Silver. Y no era para menos, vista la despectiva respuesta del capitán.
Pero Silver se rió a carcajadas de él y le dio una palmada en la espalda, como si la idea de alarmarse le pareciera absurda. Luego avanzó hacia la empalizada, arrojó su muleta por encima, tomó impulso y, con gran energía y habilidad, logró superar la valla y caer a salvo al otro lado.
Confieso que estaba demasiado ocupado con lo que pasaba para servir para lo más mínimo como centinela; de hecho, ya había abandonado mi rendija del este y me había arrastrado hasta situarme detrás del capitán, el cual se había sentado ahora en el umbral, con los codos en las rodillas, la cabeza entre las manos y los ojos fijos en el agua mientras brotaba a borbotones de la vieja tetera de hierro en la arena. Estaba tarareando para sus adentros: «Venid, muchachas y muchachos».
A Silver le costó un trabajo terrible subir la colina. Entre la pendiente pronunciada, los gruesos tocones de los árboles y la arena blanda, él y su muleta estaban tan desvalidos como un barco envergado.
Pero no se dio por vencido y siguió adelante como un hombre, en silencio, y por fin llegó ante el capitán, a quien saludó con la mayor elegancia.
Iba ataviado con sus mejores galas; un enorme chaquetón azul, recamado de botones de latón, le colgaba hasta las rodillas, y llevaba un sombrero galoneado bien colocado en la nuca.
—Aquí tiene, buen hombre —dijo el capitán, levantando la cabeza—. Será mejor que se siente.
—¿No me va a dejar entrar, capitán? —se quejó Long John—. Hace un frío que pela esta mañana, palabra que sí, señor, para quedarse sentado afuera en la arena.