La mancha negra otra vez
El consejo de los bucaneros había durado un buen rato, cuando uno de ellos volvió a entrar en la casa y, repitiendo el mismo saludo que a mis ojos tenía un aire irónico, pidió que le prestaran la antorcha por un momento. Silver accedió brevemente y aquel emisario se retiró de nuevo, dejándonos a solas en la oscuridad.
—Se levanta brisa, Jim —dijo Silver, que para entonces había adoptado un tono bastante amistoso y familiar.
Me volví hacia la rendija más cercana y miré hacia fuera. Las ascuas del gran fuego se habían consumido tanto, y ahora brillaban de un modo tan tenue y oscuro, que comprendí por qué estos conspiradores deseaban una antorcha.
A mitad de camino de la pendiente hacia el blocao, se habían reunido en grupo; uno sostenía la luz; otro estaba de rodillas en medio de ellos, y vi la hoja de una navaja abierta brillar en su mano con diversos colores, a la luz de la luna y de la antorcha.
Los demás estaban todos algo inclinados, como si observaran las maniobras de este último. Apenas pude distinguir que tenía un libro además de un cuchillo en la mano; y aún seguía preguntándome cómo algo tan incongruente había caído en su poder, cuando la figura arrodillada volvió a ponerse en pie y todo el grupo comenzó a avanzar unido hacia la casa.
—Ahí vienen —dije—, y volví a mi posición anterior, pues me parecía impropio de mi dignidad que me pillaran espiándolos.