otro en diagonal por la colina, y así sucesivamente, de modo que en medio minuto no quedaba ni rastro de ellos salvo Pew. A él lo habían abandonado, ya sea por puro pánico o en venganza por sus malas palabras y golpes, no lo sé; pero allí se quedó atrás, dando tumbos de un lado a otro por el camino enloquecido, a tientas y llamando a sus compañeros. Finalmente tomó el desvío equivocado y corrió unos pasos más allá de mí, hacia la aldea, gritando:
“Johnny, Black Dog, Dirk”, y otros nombres, “¿no dejarán al viejo Pew, muchachos?, ¿ni al viejo Pew?”.
En ese instante, el ruido de unos caballos coronó la cuesta, y cuatro o cinco jinetes aparecieron a la vista bajo la luz de la luna, y bajaron a galope tendido por la pendiente.
Al ver esto, Pew comprendió su error, dio media vuelta con un grito y corrió derecho hacia la zanja, dentro de la cual rodó. Pero estuvo de pie de nuevo en un segundo, y dio otra carrera, ahora totalmente desconcertado, justo debajo del primero de los caballos que venían.
El jinete trató de salvarlo, pero fue en vano. Pew cayó con un grito que resonó alto en la noche, y los cuatro cascos lo pisotearon, lo repelieron y pasaron de largo. Cayó de costado, luego se desplomó suavemente sobre su rostro y no se movió más.
Me puse de pie de un salto y llamé a los jinetes. Se estaban deteniendo, de todos modos, horrorizados por el accidente, y pronto vi quiénes eran. Uno, que venía rezagado del resto, era un muchacho que había ido desde la aldea hasta lo del doctor Livesey; los demás eran agentes de aduanas, con los que se había cruzado en el camino y con los que había tenido la inteligencia de regresar de inmediato. Alguna noticia sobre el falucho en Kitt’s Hole había llegado a oídos del supervisor Dance, haciéndole emprender la marcha esa misma noche en