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nydus/Treasure IslandPublic
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El viaje

amplios —los pendientes de Long John, los llamaban—, y se iba trasladando de un lugar a otro, ya usando la muleta, ya arrastrándola a su lado por la piola, con tanta rapidez como otro hombre pudiera caminar. Sin embargo, algunos de los marineros que habían navegado con él antes le expresaban su compasión al verle tan disminuido.

—No es un hombre común, Barbacoa —me dijo el contramaestre—. Tuvo buena educación en su juventud, y sabe hablar como un libro cuando se lo propone; y es valiente: ¡un león no es nada al lado de Long John! Lo he visto agarrar a cuatro y chocarles las cabezas el uno contra el otro, estando él desarmado.

Toda la tripulación lo respetaba e incluso le obedecía. Tenía una manera de hablar con cada uno y de hacerle a todo el mundo algún favor particular.

Conmigo era infatigablemente amable y siempre se alegraba de verme en la cocina, que mantenía limpia como una patena; con los platos colgados y relucientes, y su loro en una jaula en la esquina.

—Ven, Hawkins —solía decir—; ven a charlar un rato con John. Nadie más bienvenido que tú, hijo mío. Siéntate y escucha las noticias. Aquí está el capitán Flint —así llamo a mi loro, en honor al famoso bucanero—, aquí está el capitán Flint pronosticando el éxito de nuestro viaje. ¿A que sí, capitán?

Y el loro repetía, con gran rapidez:

«¡Piezas de ocho! ¡Piezas de ocho! ¡Piezas de ocho!»

hasta que uno se extrañaba de que no se quedara sin aliento o hasta que John le echaba el pañuelo por encima de la jaula.

—Ese pájaro —solía decir—, bien puede tener doscientos años, Hawkins; por lo general viven una eternidad, y si alguien ha presenciado más

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