llave a ese de ahí; ¡y quién va a tocarlo, me gustaría saberlo! —y soltó una especie de sollozo al pronunciar esas palabras.
Me arrodillé al instante. En el suelo, cerca de su mano, había un pequeño círculo de papel, ennegrecido por un lado. No cabía duda de que era la mancha negra; y, al recogerlo, hallé escrito en el otro lado, con una letra muy buena y clara, este breve mensaje: «Tienes hasta las diez de esta noche».
—Tenía hasta las diez, madre —le dije; y, justo cuando lo decía, nuestro viejo reloj empezó a dar las horas. Este ruido repentino nos sobresaltó horriblemente; pero la noticia era buena, pues apenas eran las seis.
—Ahora, Jim —dijo ella—, ¡esa llave!
Rebusqué en sus bolsillos, uno tras otro.
Unas pocas monedas pequeñas, un dedal, algo de hilo y agujas grandes, un trozo de tabaco de hebra mordisqueado por un extremo, su cuchillo de marinero de mango torcido, una brújula de bolsillo y un yesquero fue todo lo que contenían, y comencé a desesperar.
“Quizás lo lleve alrededor del cuello”, sugirió mi madre.
Venciendo una fuerte repulsión, le desgarré la camisa por el cuello y allí, tal como imaginábamos, pendiendo de un trozo de cordel alquitranado que corté con su propio cuchillo, encontramos la llave.
Ante este triunfo nos inundó la esperanza y subimos apresuradamente, sin demora, a la pequeña estancia donde había dormido durante tanto tiempo y donde su cofre había estado desde el día de su llegada.
Era por fuera como cualquier otro cofre de marinero, con la inicial B grabada a fuego en la tapa, y las esquinas algo abolladas y rotas a causa de un uso prolongado y rudo.