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nydus/Treasure IslandPublic
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XV. El hombre de la isla

Alrededor de la cintura llevaba un viejo cinturón de cuero con hebilla de latón, que era lo único sólido en todo su

—¡Tres años! —exclamé—. ¿Naufragaste?

—Que no, compañero —dijo—, abandonado en una isla desierta.

Había oído la palabra y sabía que significaba una clase horrible de castigo bastante común entre los bucaneros, en la cual se deja en tierra al infractor con un poco de pólvora y munición, abandonado en alguna isla desolada y lejana.

—Abandonado hace tres años —continuó—, y viviendo de cabras desde entonces, y bayas y ostras. Dondequiera que esté un hombre, digo yo, un hombre puede apañárselas. Pero, amigo, el corazón se me encoge por comida de cristianos. ¿No tendrá por casualidad un trozo de queso por ahí encajado? ¿No? Bueno, muchas son las largas noches que he soñado con queso —tostado, las más de las veces—, y me he vuelto a despertar, y aquí me ve.

—Si alguna vez logro volver a subir a bordo —dije—, te daré queso por arrobas.

Todo este tiempo había estado tocando la tela de mi chaqueta, alisando mis manos, mirando mis botas y, en general, en los intervalos de su discurso, mostrando un infantil placer ante la presencia de un semejante.

Pero ante mis últimas palabras, se espabiló con una especie de astucia sobresaltada.

—¿Que si alguna vez vuelves a subir a bordo, dices? —repitió—. ¡Vaya! Y ahora, ¿quién te lo va a impedir?

—Tú no, ya lo sé —fue mi respuesta.

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