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nydus/Treasure IslandPublic
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Israel Hands

estábamos tan cerca, en verdad, que mi cabeza dio contra el pie del patrón con un golpe seco que me hizo rechinar los dientes. Golpe y todo, fui el primero en ponerme en pie otra vez, pues Hands se había enredado con el cadáver. La repentina inclinación del barco había hecho que la cubierta dejara de ser un lugar por el que pudiera correrse; tuve que buscar alguna nueva vía de escape, y eso al instante, porque mi enemigo casi me estaba tocando. Rápido como el pensamiento, salté a los obenques del mesana, subí a toda prisa brazada a brazada y no tomé aliento hasta que estuve sentado en las crucetas.

Me había salvado la prontitud; el puñal se hablara clavado a menos de medio pie por debajo de mí mientras proseguía mi huida hacia arriba; y allí estaba Israel Hands con la boca abierta y el rostro vuelto hacia el mío, convertido en una estatua perfecta de sorpresa y desilusión.

Ahora que disponía de un momento para mí, no perdí el tiempo en cambiar la pólvora de cebo de mi pistola y luego, teniendo una lista para la acción, y para asegurarme por partida doble, procedí a extraer la carga de la otra y a recargarla de nuevo desde el principio.

Mi nuevo empleo dejó a Hands de una pieza; empezó a ver que los dados se le ponían en contra y, tras una vacilación evidente, él también se arrastró pesadamente hacia los obenques y, con el puñal entre los dientes, empezó a subir lenta y penosamente.

Le costó un sinfín de tiempo y gemidos arrastrar su pierna herida tras de sí; y yo ya había terminado tranquilamente mis preparativos antes de que él hubiera rebasado por mucho el primer tercio de la subida.

Entonces, con una pistola en cada mano, le dirigí la palabra:

—Un paso más, señor Hands —dije—, ¡y le vuelo la tapa de los sesos! Los muertos no mueren, ya sabe —añadí, soltando una risita.

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