—Bien dicho, señor —respondió Silver—, y muy poca diferencia hace, para usted y para mí.
—Supongo que apenas me pediría que lo llamara un hombre humano —respondió el doctor, con una mueca de desprecio—, y por eso mis sentimientos tal vez le sorprendan, maestro Silver. Pero si estuviera seguro de que deliran —como estoy moralmente seguro de que uno de ellos, al menos, está postrado por la fiebre—, abandonaría este campamento y, a cualquier riesgo para mi propio pellejo, les llevaría la ayuda de mi ciencia.
—Pido perdón, señor, se equivocaría de medio a medio —replicó Silver—. Perdería su valiosa vida, y puede apostar la cabeza a que es así. Ahora estoy de su lado, uña y carne; y no me gustaría ver al bando debilitado, y menos a usted mismo, dado que sé lo que le debo. Pero esta gente de ahí abajo, no podrían cumplir su palabra —no, ni aunque quisieran— y, lo que es más, no podrían creer que usted sí pudiera.
—No —dijo el doctor—. Usted es un hombre que cumple su palabra, eso ya lo sabemos.
Bien, esa fue más o menos la última noticia que tuvimos de los tres piratas. Solo una vez escuchamos un disparo a lo lejos, y supusimos que estaban cazando. Se celebró un consejo y se decidió que debíamos abandonarlos en la isla —con el enorme júbilo, debo decir, de Ben Gunn, y con la firme aprobación de Gray—. Les dejamos una buena provisión de pólvora y munición, la mayor parte de la cabra salada, algunas medicinas y otros artículos necesarios, herramientas, ropa, una vela de repuesto, una o dos brazas de cuerda y, por expresa voluntad del doctor, un generoso regalo de tabaco.
Eso fue más o menos lo último que hicimos en la isla. Antes de eso habíamos guardado el tesoro y embarcado suficiente agua y el resto de la carne de cabra, por si acaso sufríamos alguna necesidad; y por fin, una