entretanto he vivido holgadamente; nunca me he negado nada de lo que el corazón desea, y he dormido en blando y comido con exquisitez todos mis días, excepto cuando he estado en el mar. ¿Y cómo empecé? ¡De marinero raso, como tú!»
—Bueno —dijo el otro—, pero todo el demás dinero ya se ha acabado, ¿no? No te atreverás a dejarte ver por Bristol después de esto.
—Vaya, ¿dónde te figurarías que estaba? —preguntó Silver con burla.
“En Bristol, en bancos y sitios —respondió su compañero—.”
—Lo era —dijo el cocinero—; lo era cuando levamos anclas. Pero mi vieja patrona ya lo tiene todo. Y el catalejo está vendido, con traspaso, clientura y aparejos; y la vieja se ha ido a reunirse conmigo. Te diría dónde, porque confío en ti; pero eso provocaría celos entre los compañeros.
—¿Y puedes fiarte de tu parienta? —preguntó el otro.
«Caballeros de fortuna —respondió el cocinero—, por lo general confían poco entre ellos, y hacen muy