Adiós a la Hispaniola, adiós al hacendado, al doctor y al capitán. No me quedaba otra salida que la muerte por inanición o la muerte a manos de los amotinados.
Todo este tiempo, como digo, yo seguía corriendo y, sin darme cuenta, me había acercado al pie del cerrito de los dos picos y había entrado en una zona de la isla donde los robles silvestres crecían más separados y parecían más árboles de bosque por su porte y sus dimensiones.
Entremezclados con ellos había unos cuantos pinos dispersos, algunos de cincuenta, otros de cerca de setenta pies de altura. El aire, además, olía con más frescura que junto a la ciénaga.
Y aquí una nueva alarma me detuvo con el corazón palpitante.