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XXVIII. En el campamento enemigo

Hasta aquí todo iba bien. Mis amigos, por tanto, seguían vivos, y aunque creía en parte que era verdad lo que decía Silver, de que los de la caseta estaban indignados conmigo por mi huida, me sentí más aliviado que angustiado por lo que había oído.

—No digo nada en cuanto a que estés en nuestras manos —continuó Silver—, aunque ahí estás, y puedes apostar a eso. Yo soy partidario de discutir; nunca he visto que salga nada bueno de las amenazas. Si te gusta el servicio, bueno, pues te alistarás; y si no, Jim, pues eres libre de responder que no; libre y bienvenido, camarada; ¡y si un marino mortal puede decir algo más justo, que se me rompan las costillas!

—¿He de responder, pues? —pregunté, con voz muy temblorosa. A través de todo este discurso burlón se me hizo sentir la amenaza de muerte que se cernía sobre mí, y mis mejillas ardían y mi corazón latía dolorosamente en mi pecho.

—Muchacho —dijo Silver—, nadie te está metiendo prisa. Tómate tu tiempo para orientarte. Ninguno de nosotros va a apresurarte, compañero; es que el tiempo pasa muy agradablemente en tu compañía, ya ves.

—Bueno —digo, volviéndome un poco más atrevido—, si he de elegir, declaro que tengo derecho a saber qué es qué, y por qué está usted aquí, y dónde están mis amigos.

—¿Qué es qué? —repitió uno de los bucaneros con un ronco gruñido—. ¡Ah, afortunado el que pudiera saber eso!

—Ya cerrarás bien la boca hasta que te hablen, amigo —le gritó Silver, con fiereza, a este interlocutor. Y luego, con sus primeras tonos amables, me respondió: > «Ayer por la mañana, señor Hawkins —dijo—, en la guardia de la tarde, bajó el doctor Livesey con

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