Era por costumbre un hombre muy callado. Todo el día rondaba por la cala o por los acantilados con un catalejo de latón; todas las noches se sentaba en un rincón del salón, junto al fuego, y bebía ron con agua muy cargado.
Por lo general no respondía cuando le hablaban; tan solo levantaba la vista de repente y con fiereza, y soplaba por la nariz como una bocina de niebla; y nosotros, al igual que la gente que venía por nuestra posada, pronto aprendimos a dejarlo en paz.
Todos los días, al volver de su paseo, preguntaba si había pasado algún hombre de mar por el camino. Al principio creímos que era la falta de compañía de los de su misma clase lo que le hacía formular esta pregunta; pero al fin empezamos a notar que lo que deseaba era evitarlos.
Cuando algún marino se hospedaba en el Admiral Benbow (como ocurría de vez en cuando, ya que iban hacia Bristol por la carretera de la costa), él lo espiaba a través de la puerta con cortina antes de entrar al salón; y siempre procuraba quedarse tan callado como un ratón cuando alguno de ellos se encontraba presente.
Para mí, al menos, no había ningún secreto en todo aquello, pues yo era, en cierto modo, partícipe de sus temores.
Me había tomado Aparte un día y me había prometido una perra chica de plata el primero de cada mes con la única condición de que mantuviera los «cinco sentidos alerta por si veía a un marinero cojo» y le avisara en el preciso instante en que apareciera.
Bastantes veces, al llegar el primero del mes y reclamarle mi jornal, se limitaba a resoplar por la nariz y a mirarme fijamente hasta intimidarme; pero antes de que terminara la semana seguro que recapacitaba, me traía mi monedera de cuatro peniques y repetía sus órdenes de estar atento al «marinero cojo».