maldades, ha de ser el mismo diablo. Ha navegado con England, el gran capitán England, el pirata. Ha estado en Madagascar, en Malabar, en Surinam, en Providence y en Portobello. Estuvo en el rescate de los galeones cargados de plata. Allí fue donde aprendió lo de «¡Piezas de a ocho!», y no es de extrañar; ¡trescientas cincuenta mil de ellas, Hawkins! Estuvo en el abordaje del virrey de las Indias procedente de Goa, sí que estuvo, y al mirarla dirías que es una criatura. Pero tú has olido a pólvora, ¿verdad, capitán?
—¡Listos para virar! —gritaba el loro.
«Ah, es una hermosa embarcación, sí que lo es», solía decir el cocinero, y le daba azúcar de su bolsillo, y entonces el ave picoteaba los barrotes y soltaba improperios sin parar, con una maldad que superaba toda imaginación.
«Ves», añadía John, «no se puede tocar la pez sin mancharse, muchacho. Aquí tienes a mi pobre e inocente pajarito soltando tacos de todos los colores y tan pancho, puedes apostar la cabeza. Diría las mismas groserías, por decirlo de algún modo, delante del capellán».
Y John se tocaba el mechón de la frente con esa solemnidad tan suya, que me hacía pensar que era el mejor de los hombres.
Entre tanto, el escudero y el capitán Smollett seguían en términos bastante distantes el uno del otro. El escudero no se atragantaba con el asunto; despreciaba al capitán. El capitán, por su parte, nunca hablaba a menos que le dirigieran la palabra, y entonces lo hacía de manera tajante, corta y seca, sin desperdiciar una sola palabra. Reconocía, cuando lo acorralaban, que parecía haberse equivocado respecto a la tripulación; que algunos de ellos eran tan enérgicos como él deseaba ver, y que todos se habían portado bastante bien.