Trabajé como un demonio, pues esperaba zozobrar en cualquier momento; y como vi que no podía apartar la coracha directamente hacia afuera, empujé ahora justo hacia la popa. Por fin me libré de mi peligroso vecino, y justo cuando daba el último impulso, mis manos tropezaron con un cordel ligero que colgaba por la borda cruzando las amuradas de popa. Al instante lo agarré.
Por qué debí haberlo hecho, apenas sabría decirlo. Al principio fue puro instinto, pero una vez que lo tuve en mis manos y comprobé que estaba bien sujeto, la curiosidad comenzó a predominar y decidí echar un vistazo por la ventana del camarote.
Tiré del cordel mano a mano y, cuando me juzgué lo suficientemente cerca, me incorporé con infinito riesgo hasta más o menos la mitad de mi altura, dominando así el techo y una porción del interior de la cabina.
Por entonces la goleta y su pequeño acompañante se deslizaban con bastante rapidez por el agua; en verdad, ya habíamos alcanzado la altura de la fogata.
El barco estaba hablando, como dicen los marineros, ruidosamente, pisando las innumerables ondas con un incesante chapoteo revuelto; y hasta que hube asomado los ojos por encima del alféizar no pude comprender por qué los centinelas no habían dado la alarma.
Una sola mirada, sin embargo, fue suficiente; y fue una sola mirada la que me atreví a echar desde aquel bote inestable. Me mostró a Hands y a su compañero trabados en un combate mortal, cada uno con una mano en la garganta del otro.
Me dejé caer de nuevo en el banco, y no demasiado pronto, pues faltaba poco para que cayera por la borda. Por el momento no pude ver nada más que aquellos dos rostros furiosos y encendidos, oscilando juntos bajo la lámpara humeante; y cerré los ojos para permitirles que se acostumbraran una vez más a la oscuridad.