Cuando íbamos más o menos por la mitad, de repente le puse la mano en el brazo, pues había oído en el aire silencioso y helado un sonido que me encogió el corazón: el tac-tac del bastón del ciego sobre el camino congelado.
Se fue acercando más y más, mientras nos quedábamos sentados conteniedo la respiración. Luego golpeó con fuerza la puerta de la posada, y enseguida pudimos oír cómo giraba el picaporte y cómo traqueteaba el cerrojo mientras aquel infeliz intentaba entrar; y entonces hubo un largo silencio tanto dentro como fuera.
Por fin el golpeteo comenzó de nuevo y, para nuestra indescriptible alegría y gratitud, se fue apagando lentamente hasta dejar de oírse.
—Madre —dije—, coja todo y vámonos; pues estaba seguro de que la puerta cerrojada debió de parecer sospechosa y nos echaría el avispero entero encima; aunque cuán agradecido estaba de haberla trancado, nadie que no se hubiera cruzado con aquel ciego terrible podría saberlo.
Pero mi madre, por asustada que estuviera, no consentía en aceptar ni una fracción más de lo que se le debía, y se mostraba obstinadamente reacia a conformarse con menos. No eran ni de lejos las siete todavía, decía; conocía sus derechos y los haría valer; y aún seguía discutiendo conmigo, cuando un silbido corto y bajo sonó a lo lejos, allá arriba en la colina. Eso fue suficiente, y más que suficiente, para ambos.
“Me llevaré lo que tengo”, dijo, poniéndose de pie de un salto.
—Y con esto saldremos tablas —dije, recogiendo el paquete de hule.
Al momento siguiente íbamos tanteando el camino escaleras abajo, dejando la vela junto al arca vacía; y al siguiente habíamos abierto la puerta y estábamos en plena retirada. No habíamos partido un momento demasiado pronto.