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nydus/Treasure IslandPublic
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XXXIV. Y Último

seguro de que eran como las hojas de otoño, de modo que me dolía la espalda de tanto agacharme y los dedos de tanto separarlas.

Día tras día continuó este trabajo; al llegar cada tarde ya se había estibado a bordo una fortuna, pero había otra fortuna aguardando para el día siguiente; y en todo este tiempo no volvimos a saber nada de los tres amotinados supervivientes.

Al fin⁠—creo que fue en la tercera noche⁠—, el doctor y yo paseábamos por la ladera de la colina que domina las tierras bajas de la isla, cuando, de entre la espesa oscuridad de abajo, el viento nos trajo un ruido a medio camino entre un grito y un canto. Fue tan solo un fragmento lo que llegó a nuestros oídos, seguido del silencio de antes.

—¡Dios los perdone —dijo el doctor—; son los amotinados!

—Todos borrachos, señor —intervino la voz de Silver desde nuestras espaldas.

Silver, debo decir, gozaba de absoluta libertad y, a pesar de los continuos desaires, parecía considerarse una vez más como un dependiente muy privilegiado y amistoso.

En verdad, era notable lo bien que soportaba estos desprecios y con qué infatigable cortesía se esforzaba por congraciarse con todos.

Sin embargo, creo que nadie lo trataba mejor que un perro, a no ser Ben Gunn, que todavía le temía horriblemente a su antiguo contramaestre, o yo mismo, que en verdad tenía algo que agradecerle; aunque, a decir verdad, supongo que tenía razones para pensar aún peor de él que cualquier otro, pues lo había visto meditando una nueva traición en la meseta.

Por consiguiente, fue con bastante rudeza como el doctor le respondió.

—Ebrio o delirante —dijo él.

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