bien, pueden apostarlo. Pero yo tengo mis mañas, vaya que las tengo. Cuando un camarada comete un desliz —alguien que me conoce, quiero decir—, no volverá a estar en el mismo mundo que el viejo John. Había algunos que le temían a Pew, y algunos que le temían a Flint; pero al propio Flint le temía yo. Le temía y estaba orgulloso. Eran la tripulación más ruda que flotaba, la de Flint; al mismo diablo le habría dado miedo ir a la mar con ellos. Bien, ahora os digo, no soy un hombre de jactancias, y vosotros mismos habéis visto qué fácil trato; pero cuando yo era segundo, corderitos no era la palabra para los viejos bucaneros de Flint. Ah, podéis estar bien seguros a bordo del barco del viejo John».
—Pues te digo ahora —respondió el muchacho—, que no me gustaba ni un ápice el trabajo hasta que he tenido esta charla contigo, John, pero ahora te doy mi palabra.