Cómo comenzó mi aventura en el mar
No hubo regreso de los amotinados; ni siquiera otro disparo salido del bosque. Se habían «llevado su ración por ese día», como decía el capitán, y teníamos el lugar para nosotros solos y un rato de tranquilidad para atender a los heridos y preparar la cena. El chalanes y yo cocinamos afuera, a pesar del peligro, y aun estando afuera apenas podíamos concentrarnos en lo que hacíamos, debido al horror de los fuertes gemidos que nos llegaban desde donde estaban los pacientes del doctor.
De los ocho hombres que habían caído en el combate, solo tres aún respiraban —aquel de los piratas a quien habían disparado en la tronera, Hunter y el capitán Smollett— y, de estos, los dos primeros estaban prácticamente muertos; el amotinado, de hecho, murió bajo el cuchillo del doctor, y Hunter, hiciéramos lo que hiciésemos, jamás recuperó el conocimiento en este mundo. Agonizó todo el día, respirando ruidosamente como el viejo bucanero en su casa durante su ataque apopléjico; pero los huesos de su tórax habían sido aplastados por el golpe y su cráneo fracturado al caer, y en algún momento de la noche siguiente, sin señal ni sonido, se fue con su Creador.
En cuanto al capitán, sus heridas eran ciertamente graves, pero no peligrosas. Ningún órgano había sufrido daños fatales. La bala de Anderson —pues fue Job quien le disparó primero— le había fracturado el omóplato y rozado el pulmón, aunque no de gravedad; la segunda solo le había desgarrado y desplazado algunos músculos de la pantorrilla. Se recuperaría sin falta, dijo el médico, pero entretanto, y durante las