una botella de vino viejo de la Hispaniola. Jamás, estoy seguro, hubo gente más alegre ni más feliz. Y allí estaba Silver, sentado hacia atrás, casi fuera del alcance de la luz del fuego, pero comiendo con ganas, pronto a dar un brinco en cuanto se necesitara algo, uniéndose incluso con discreción a nuestras risas: el mismo marino afable, educado y obsecuente del viaje de ida.
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XXXIII. La caída de un caudillo
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