He dicho que el capitán era débil, y en verdad parecía más bien debilitarse que recuperar sus fuerzas.
Subía y bajaba las escaleras con dificultad, y iba del salón al bar y viceversa, y a veces asomaba las narices fuera de la puerta para oler el mar, agarrándose de las paredes a medida que avanzaba para apoyarse, y respirando fuerte y rápido, como un hombre en una montaña empinada.
Jamás se dirigía a mí en particular, y tengo para mí que casi había olvidado sus confidencias; pero su genio andaba más voluble y, teniendo en cuenta su debilidad física, más violento que nunca.
Ahora tenía la alarmante costumbre, cuando estaba borracho, de desenvainar el sable y ponerlo al descubierto sobre la mesa. Pero, a pesar de todo, prestaba menos atención a la gente y parecía encerrado en sus propios pensamientos y bastante desvariado.
Una vez, por ejemplo, para nuestro máximo asombro, se puso a entonar una melodía diferente, una especie de canción de amor campestre que debió de aprender en su juventud, antes de empezar a andar por mar.
Así transcurrieron las cosas hasta el día después del funeral y, hacia las tres de una tarde fría, con niebla y helada, me encontraba a la puerta por un momento, lleno de tristes pensamientos sobre mi padre, cuando vi que alguien se acercaba lentamente por el camino.
Era claramente ciego, pues iba tanteando el suelo con un bastón ante sí, y llevaba una gran pantalla verde sobre los ojos y la nariz; además, iba encorvado, como por la edad o la debilidad, y vestía una enorme capa marinera vieja y harapienta con capucha que lo hacía parecer verdaderamente deforme.
No había visto en mi vida una figura de aspecto más espantoso. Se detuvo un poco antes de la posada y, alzando la voz en un extraño canturreo, se dirigió al aire que tenía delante: