que vinimos, ¡y muchas gracias a ustedes, hombres grandes, mazacotes y pusilánimes! Abriremos ese cofre, aunque nos cueste la vida. Y le agradeceré que me preste esa bolsa, señora Crossley, para traer de vuelta nuestro dinero
Por supuesto que dije que iría con mi madre; y por supuesto que todos exclamaron ante nuestra temeridad; pero ni aun entonces ni un solo hombre quiso acompañarnos. Todo lo que hicieron fue darme una pistola cargada, por si nos atacaban; y prometer que tendrían caballos listos y ensillados, en caso de que nos persiguieran a la vuelta; mientras que un muchacho iría al trote a ver al médico en busca de ayuda armada.
Mi corazón latía con furia cuando los dos partimos en la fría noche hacia esta peligrosa empresa.
Una luna llena comenzaba a levantarse y asomaba rojiza por los bordes superiores de la niebla, y esto aumentó nuestra prisa, pues era evidente que, antes de volver a salir al exterior, todo estaría tan claro como el día y nuestra partida quedaría expuesta a los ojos de cualquier observador.
Nos deslizamos junto a los setos, silenciosos y veloces, sin ver ni oír nada que aumentara nuestros temores hasta que, para nuestro gran alivio, la puerta de la Hostería del Almirante Benbow se hubo cerrado a nuestras espaldas.
Eché el cerrojo al instante, y nos detuvimos a respirar jadeantes por un momento en la oscuridad, solos en la casa con el cadáver del difunto capitán. Luego mi madre fue a buscar una vela al bar y, tomados de la mano, avanzamos hacia la salita. Yacía tal como lo habíamos dejado, boca arriba, con los ojos abiertos y un brazo extendido.
—Baja la persiana, Jim —susurró mi madre—; podrían venir a vigilar afuera. Y ahora —dijo, cuando lo hube hecho—, tenemos que quitarle la