Bueno, George, ¿cómo va eso? Tienes un color precioso, desde luego; vaya, hombre, tienes el hígado del revés. ¿Tomaste esa medicina? ¿Tomó él esa medicina, muchachos?”.
—Ay, ay, señor, se lo llevó sin duda alguna —respondió Morgan.
—Porque, ya ve, como soy médico de amotinados, o médico de presidio, como prefiero llamarlo —dice el doctor Livesey de la forma más amable—, considero cuestión de honor no perder a un solo hombre para el rey Jorge (¡Dios lo bendiga!) y la horca.
Los bribones se miraron los unos a los otros, pero se tragaron la pulla en silencio.
—Dick no se siente bien, señor —dijo uno.
«¿Verdad que sí? —respondió el doctor—. Venga usted por aquí, Dick, y déjeme verle la lengua. No, me extrañaría mucho que la tuviera bien; la lengua de este hombre es como para asustar a los franceses. Otra fiebre».
—Ah, ahí está —dijo Morgan—, eso pasó por echar a perder Biblias.
—Ese resultado —como lo llamáis— de ser unos puñeros burros —replicó el doctor—, y de no tener bastante sentido para distinguir el aire sano del veneno, y la tierra firme de un lodazal vil y pestífero. Creo de lo más probable —aunque, por supuesto, no es más que una opinión— que vais a las mil infierencias antes de quitaros esa malaria del cuerpo. ¿Acampar en un cenagal, eh? Silver, me sorprende de vos. Sois menos tonto que muchos, mirándolo todo bien; pero no me parece que tengáis la menor noción rudimentaria de las reglas de la salud.
—Bien —añadió, después de haberlos dosificado a todos y de que estos hubieran tomado sus prescripciones con una humildad verdaderamente risible, más parecida a la de niños de caridad que a la de amotinados y piratas culpables de sangre—, bien, por hoy ya está hecho. Y ahora desearía hablar con ese muchacho, por favor.