había calzado de nuevo los zapatos y había puesto la mano al azar sobre una botella de vino; y ahora, con esto como excusa, hice mi aparición de nuevo en la cubierta.
Hands seguía tal como lo había dejado, todo él desmadejado en un bulto y con los párpados caídos como si estuviera demasiado débil para soportar la luz. Con todo, al verme llegar, alzó la vista, le decolló el cuello a la botella como un hombre que había hecho lo mismo a menudo y se dio un buen trago, acompañado de su brindis favorito: «¡A la suerte!». Luego se quedó un rato tranquilo y enseguida, sacando una barrita de tabaco, me suplicó que le cortara un trozo para mascar.
—Córtame un buen pedazo de eso —dice él—, que no tengo cuchillo, y apenas fuerzas bastante, aunque las tuviera. ¡Ah, Jim, Jim, creo que he perdido el rumbo! Córtame un cabo que probablemente será el último, muchacho; porque me voy para el otro barrio, y sin duda ninguna.
—Bueno —dije—, te picaré un poco de tabaco, pero si yo estuviera en tu lugar y me creyera tan mal, me pondría a rezar, como un buen cristiano.
—¿Por qué? —dijo él—. Ahora dime por qué.
—¿Por qué? —grité—. Hace un momento me preguntabas por los muertos. Has traicionado tu palabra; has vivido en el pecado, la mentira y la sangre; tienes a tus pies a un hombre al que mataste en este mismo instante, ¡y me preguntas por qué! Por la misericordia de Dios, señor Hands, por eso.
Hablé con cierta acritud, pensando en el puñal sangriento que llevaba escondido en el bolsillo y con el que, en sus malvados pensamientos, pretendía acabar conmigo. Él, por su parte, dio un gran trago de vino y habló con la más insólita solemnidad.
—Durante treinta años —dijo—, he navegado por los mares y he visto lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor, buen tiempo y mal tiempo,