CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/Treasure IslandPublic
Página 15 de 273
Table of Contents

I. El viejo lobo de mar

mezclado en mis pesadillas con la del marinero cojo. Pero a esas alturas hacía ya mucho tiempo que todos habíamos dejado de prestarle ninguna atención en particular a la canción; aquella noche no era nueva para nadie excepto para el doctor Livesey, y observé que en él no produjo un efecto agradable, pues levantó la vista por un momento bastante irritado antes de continuar con su charla con el viejo Taylor, el jardinero, sobre un nuevo remedio para los reumas. Mientras tanto, el capitán fue animándose poco a poco con su propia música y, al fin, dio un manotazo sobre la mesa que teníamos delante, de un modo que todos sabíamos que significaba: silencio. Las voces cesaron de golpe, todas excepto la del doctor Livesey; este siguió como antes, hablando con claridad y amabilidad, y chupando enérgicamente de su pipa entre cada una o dos palabras. El capitán lo miró furioso durante un rato, volvió a dar un manotazo, lo miró aún con más furia y al fin prorrumpió en un juramento infame: —¡Silencio ahí, en la crujía!

—¿Se dirigía usted a mí, caballero? —dijo el doctor; y cuando el rufián le hubo respondido, con otra maldición, que así era, replicó—: ¡Solo una cosa tengo que decirle, caballero: que si sigue bebiendo ron, el mundo no tardará en librarse de un bellaco muy mugriento!

La furia del viejo era terrible. Se puso en pie de un salto, sacó y abrió una navaja de marinero y, equilibrándola abierta en la palma de la mano, amenazó con clavar al médico contra la pared.

El doctor ni siquiera se inmutó. Le habló, como antes, por encima del hombro y en el mismo tono de voz, más bien alto para que toda la habitación pudiera oírle, pero perfectamente tranquilo y firme:

—Si no se guarda ese cuchillo en el bolsillo en este preciso instante, le doy mi palabra de honor de que lo ahorcarán en el próximo tribunal.

Luego siguió una batalla de miradas entre ambos; pero el capitán pronto dobló las manos, guardó su arma y volvió a sentarse, gruñendo como un perro apaleado.

15