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nydus/Treasure IslandPublic
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V. El último del ciego

nuestra dirección, y a esa circunstancia le debimos mi madre y yo el habernos salvado de morir.

Pew estaba muerto, rematadamente muerto. En cuanto a mi madre, cuando la hubimos llevado a la aldea, un poco de agua fría y sales la hicieron volver en sí muy pronto, y no sufrió secuelas de su terror, aunque seguía lamentándose por el saldo del dinero.

Mientras tanto, el inspector siguió adelante, tan rápido como pudo, hacia Kitt’s Hole; pero sus hombres tuvieron que desmontar y avanzar a tientas por el desfiladero, llevando de la brida, y a veces sosteniendo, a sus caballos, y con el temor constante de sufrir emboscadas; así que no fue gran sorpresa que, cuando llegaron al hoyo, el lugger ya estuviera en marcha, aunque todavía muy cerca de la costa.

Les dio el alto. Una voz le respondió, diciéndole que se apartara de la luz de la luna o le meterían plomo en el cuerpo, y al mismo tiempo una bala silbó muy cerca de su brazo. Poco después, el lugger dobló el cabo y desapareció.

El señor Dance se quedó allí, según dijo, «como pez fuera del agua», y todo lo que pudo hacer fue enviar a un hombre a B⁠⸺ para avisar al cúter. «Y eso —dijo—, sirve casi tanto como nada. Se han escapado limpiamente y se acabó. Solo que —añadió—, me alegro de haberle pisado los juanetes al maestro Pew»; pues para entonces ya le habían contado mi historia.

Volví con él a la Admiral Benbow, y no se pueden imaginar una casa en tal estado de destrucción; hasta el reloj había sido tirado por esos tipos en su furiosa persecución contra mi madre y contra mí; y aunque en realidad no se habían llevado nada, salvo la bolsa de dinero del capitán y un poco de plata de la caja, pude ver de inmediato que estábamos arruinados.

El señor Dance no lograba entender nada de aquella escena.

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