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nydus/Treasure IslandPublic
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VI. Los papeles del capitán

temía que hubiera ambigüedad, ya veis que añadió algo más claro. «Frente a Caracas», dice aquí; ya veis, aquí fue abordada alguna desafortunada embarcación en aquella costa. Dios ayude a las pobres almas que la tripulaban; hace tiempo que son coral.

—¡Exacto! —dijo el doctor—. Vea lo que es ser un viajero. ¡Exacto! Y las cantidades aumentan, ya ve, a medida que ascendía de rango.

No había mucho más en el volumen que unos pocos rumbos de lugares anotados en las hojas en blanco hacia el final, y una tabla para reducir monedas francesas, inglesas y españolas a un valor común.

—¡Hombre ahorrador! —exclamó el doctor—. No era él quien se iba a dejar engañar.

—Y ahora —dijo el escudero—, vamos con el otro.

El papel había sido lacrado en varios sitios usando un dedal a modo de sello; el mismo dedal, tal vez, que yo había encontrado en el bolsillo del capitán.

El doctor abrió los sellos con sumo cuidado, y de allí cayó el mapa de una isla, con latitud y longitud, sondeos, nombres de colinas, bahías y ensenadas, y todos los detalles que se habrían necesitado para conducir un barco a un fondeadero seguro en sus costas. Tenía unas nueve millas de largo por cinco de ancho, con la forma, por decirlo así, de un dragón regordete erguido, y contaba con dos buenos puertos abrigados y una colina en la parte central marcada con el nombre de «El Catalejo».

Había varias anotaciones de fecha posterior; pero, sobre todo, tres cruces de tinta roja —dos en la parte norte de la isla, una en el suroeste y, junto a esta última, escrita con la misma tinta roja y en una letra pequeña y pulcra, muy distinta de los trazos temblorosos del capitán, estas palabras: «La mayor parte del tesoro aquí».

Al dorso, la misma letra había escrito esta otra información:

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