Consejo de Guerra
Hubo una gran estampida de pies por la cubierta. Pude oír a la gente salir trompicando del camarote y del sollado; y deslizándome en un instante fuera de mi barril, me zambullí detrás de la vela de proa, hice un amago hacia la popa y salí a la cubierta despejada a tiempo de unirme a Hunter y al doctor Livesey en la carrera hacia la amura de barlovento.
Allí ya se encontraba reunida toda la tripulación.
Un banco de niebla se había disipado casi al mismo tiempo que aparecía la luna.
Hacia el suroeste vimos dos colinas bajas, separadas por un par de millas más o menos, y alzándose detrás de una de ellas una tercera colina, más alta, cuya cima aún seguía sepultada en la niebla.
Las tres parecían de figura afilada y cónica.
Todo aquello lo vi casi en sueños, pues aún no me había recuperado del espantoso miedo que sentía un minuto o dos antes. Y entonces oí la voz del capitán Smollett dando órdenes. La Hispaniola fue puesta un par de Rumbos más cerca del viento, y ahora navegaba en un rumbo que pasaría justamente rozando la isla por el este.
“Y ahora, muchachos —dijo el capitán, una vez que todo estuvo bien cazado—, ¿alguno de ustedes ha visto alguna vez esa tierra que tenemos por delante?”.
—Sí, señor —dijo Silver—. He estado allí con un mercader en el que serví de cocinero.