—Y valiente muchacho que eras, y listo también —contestó Silver, estrechándole la mano con tanta fuerza que todo el barril tembló—, y una estampa más fina para un caballero de fortuna jamás la han clavado mis ojos.
Por entonces había empezado a comprender el significado de sus términos. Por un «caballero de fortuna» querían decir, simple y llanamente, ni más ni menos que un pirata común y corriente, y la pequeña escena que había estado escuchando era el último acto en la corrupción de uno de los marineros honrados—tal vez el último que quedaba a bordo. Pero sobre este punto pronto iba a quedar tranquilo, pues, dando Silver un pequeño silbido, un tercer hombre se acercó paseando y se sentó junto al grupo.
—La plaza de Dick —dijo Silver.
“Vaya, ya sabía yo que Dick era honrado —respondió la voz del timonel, Israel Hands—. No es ningún tonto, Dick”. Y se acomodó el tabaco de mascar en la boca y escupió.
—Pero, mire una cosa —continuó—, esto es lo que quiero saber, Barbacoa: ¿cuánto tiempo vamos a estar navegando de aquí para allá como si fuéramos una maldita barca de vendedora? Ya estoy casi harto del capitán Smollett; me ha estado acosando bastante tiempo, ¡rayos y truenos! Quiero entrar en ese camarote, vaya que sí. Quiero sus encurtidos y sus vinos, y todo eso.
—Israel —dijo Silver—, tu cabeza no vale gran cosa, ni nunca valió. Pero eres capaz de oír, según creo; al menos tus orejas son lo bastante grandes.