La noche casi había caído cuando puse la mano sobre sus rugosidades. Justo debajo había una hondonada diminuta de césped verde, oculta por taludes y una espesa maleza de cosa de la altura de la rodilla, que allí crecía en gran abundancia; y en el centro del pequeño valle, tal como esperaba, una tiendecita de pieles de cabra, como las que llevan los gitanos de un lado para otro en Inglaterra.
Me dejé caer en la hondonada, levanté el lateral de la tienda, y allí estaba el bote de Ben Gunn —hecho a mano si es que alguna vez algo se había hecho a mano—, un armazón tosco y desproporcionado de madera resistente, y tendida sobre él una cubierta de piel de cabra, con el pelo hacia dentro.
El artefacto era sumamente pequeño, incluso para mí, y apenas podía imaginar que hubiera podido flotar con un hombre de tamaño normal.
Había un solo banco colocado lo más bajo posible, una especie de soporte en la proa, y un remo doble para la propulsión.
No había visto entonces un coracle, como los que hacían los antiguos británicos, pero lo he visto desde entonces, y no puedo daros una idea más justa del bote de Ben Gunn que diciendo que era como el primero y el peor coracle jamás hecho por el hombre.
Pero la gran ventaja del coracle la poseía sin duda, pues era sumamente ligero y fácil de transportar.
Bueno, ahora que había encontrado el bote, se habría pensado que ya había tenido suficiente holgazanería por una vez; pero entretanto se me había metido otra idea en la cabeza, y me había encaprichado tanto con ella que la habría llevado a cabo, creo yo, a pesar del propio capitán Smollett. Esta consistía en escaparme al amparo de la noche, cortar las amarras de la Hispaniola y dejarla encallar donde quisiera.