—Bueno —dije—, no soy tan tonto como para no saber muy bien a qué atenerme. Venga lo que viniere, poco me importa. Demasiados he visto morir desde que caí en vuestras manos. Pero hay un par de cosas que tengo que deciros —añadí, y para entonces estaba ya bastante enfurecido—; y la primera es esta: aquí estáis, en una situación desesperada; el barco perdido, el tesoro perdido, los hombres perdidos; todo vuestro negocio hecho trizas; y si queréis saber quién lo hizo, ¡fui yo! Yo estaba en el barril de manzanas la noche que avistamos tierra, y os oí, a ti, John, y a ti, Dick Johnson, y a Hands, que ahora está en el fondo del mar, y conté cada palabra que dijisteis antes de que pasara una hora. Y en cuanto a la goleta, fui yo quien cortó su cable, y fui yo quien mató a los hombres que teníais a bordo, y fui yo quien la llevó a donde no la volveréis a ver jamás, ni uno solo de vosotros. La risa está de mi parte; yo he llevado la batuta en este asunto desde el principio; no os temo más de lo que temería a una mosca. Matadme, si os place, o perdonadme la vida. Pero una cosa diré, y no más: si me perdonáis, borrón y cuenta nueva, y cuando vosotros, muchachos, estéis ante el tribunal por piratería, os salvaré en todo lo que pueda. De vosotros depende elegir. Matad a otro y no os haréis ningún bien, o perdonadme y conservad un testigo que os libre de la horca.
Me detuve, pues, se lo digo a ustedes, me había quedado sin aliento, y, para mi sorpresa, ni uno solo de ellos se movió, sino que todos se quedaron sentados mirándome fijamente como a otro tantos corderos. Y mientras aún me miraban, prorrumpí de nuevo:
—Y ahora, señor Silver —dije—, creo que es usted el mejor hombre de aquí, y si las cosas se ponen peor, le agradeceré que le haga saber al doctor cómo me lo tomé.
—Lo tendré presente —dijo Silver, con un acento tan extrañísimo que no habría podido adivinar, por nada del mundo, si se estaba burlando de mi petición o si le había impresionado favorablemente mi valor.