—Vaya, Silver —dijo el capitán—, si hubieras querido ser un hombre honrado, podrías estar sentado en tu cocina. Es obra tuya. O eres el cocinero de mi barco —y entonces se te trató como a un señor— o el capitán Silver, un vulgar amotinado y pirata, ¡y entonces puedes ir a la horca!
—Vaya, vaya, capitán —replicó el cocinero de a bordo, sentándose como se le había ordenado sobre la arena—, tendrá que echarme una mano para levantarme de nuevo, eso es todo. Qué rincón tan dulce y bonito tienen aquí. ¡Ah, ahí está Jim! Muy buenos días, Jim. Doctor, aquí tiene mis respetos. Vaya, ahí están todos juntos como una feliz familia, por decirlo de algún modo.
—Si tienes algo que decir, amigo, más te vale decirlo —dijo el capitán.
—Tiene usted toda la razón, capitán Smollett —replicó Silver—. El deber es el deber, eso está claro. Bueno, pues mire usted, lo de anoche fue una jugada maestra por su parte. No voy a negar que fue una jugada maestra. Algunos de ustedes se defienden muy bien con el cabo de un picadero. Y tampoco voy a negar que algunos de los míos se quedaron aturdidos —tal vez todos se quedaron aturdidos; tal vez yo mismo me quedé aturdido; tal vez por eso estoy aquí para negociar. Pero fíjese bien, capitán, ¡eso no va a colar dos veces, rayos y centellas! Tendremos que montar guardia y aflojar un poco con el ron. Quizá piense usted que íbamos todos borrachos perdidos. Pero le diré que yo estaba sobrio; solo estaba rematadamente cansado; y si me hubiera despertado un segundo antes, lo habría pillado con las manos en la masa, vaya que sí. No estaba muerto cuando llegué hasta él, ni mucho menos.
—¿Y bien? —dice el capitán Smollett, con la mayor tranquilidad.
Todo lo que decía Silver era un enigma para él, pero jamás lo habrías adivinado por su tono. En cuanto a mí, empecé a hacerme una idea. Las