rato. —Mira, Jim, cómo me fidGEN los dedos —continuó en un tono suplicante—. No puedo mantenerlos quietos, yo no. No he probado una sola gota en todo el bendito día. Ese doctor es un tonto, te lo digo. Si no me tomo un trago de ron, Jim, me darán los delirium tremens; ya he visto algunos. He visto al viejo Flint en ese rincón de ahí, detrás de ti; tan claro como el agua, lo he visto; y si me dan los delirium tremens, soy un hombre que ha vivido rudamente y voy a armar la de San Quintín. Tu propio doctor dijo que un vaso no me haría daño. Te daré una guinea de oro por un trago,
Él se iba excitando cada vez más, y esto me alarmaba, pues mi padre, que ese día estaba muy desanimado, necesitaba tranquilidad; además, las palabras del doctor, que ahora me citaba, me tranquilizaban, y el ofrecimiento de un soborno me parecía más bien ofensivo.
—No quiero nada de su dinero —dije—, sino lo que le debe a mi padre. Le conseguiré un vaso y nada más.
Cuando se lo llevé, lo arrebató con avidez y se lo tragó de un trago.
—Ay, ay —dijo él—, eso ya va mejor, sin duda. Y ahora, muchacho, ¿dijo ese doctor cuánto tiempo he de quedarme aquí tirado en esta vieja litera?
“Una semana por lo menos”, dije yo.
—¡Mil rayos! —gritó—. ¡Una semana! No puedo hacer eso; para entonces ya me habrían marcado con la mancha negra. ¡Los patanes andan intentando ganarme el barlovento en este bendito momento; patanes que no supieron conservar lo que tenían y quieren apoderarse de lo ajeno! ¿Es eso conducta de marinos, eh, eso es lo que quiero saber?
Pero yo soy un alma ahorradora. Jamás malgasté mi buen dinero, ni lo perdí tampoco; y volveré a burlarlos. No les tengo miedo. ¡Sacaré otro rizo, compañero, y volveré a embaucarlos!